martes, 7 de mayo de 2013

RELATO ZOMBIE: H230


Sonó  el  despertador.  Todo  apuntaba  a  que  iba  a  ser  otro  día  más,  otro  día consumido  por  la  rutina  y  el  estrés  neoyorquino.  Me  aproximaba  a  la  Séptima Avenida,  una  de  las  calles  que  conforman  el  corazón  de  Manhattan.  Muchos taxis,  tiendas,  restaurantes,  ruido,  luces… Mucha  gente,  mucha vida. Desde  lejos  se  podía  observar  el banco  donde  iba  a  pasar  las  próximas seis  horas  dirigiendo todas y cada unas de las largas y aburridas gestiones; se veía pobremente iluminado comparado  con Times Square en el horizonte. Teóricamente hacía una mañana soleada según las previsiones, pero la gran masa de contaminación  envolvía  el ambiente  en  un  tono  grisáceo propio  de  una  película de terror.                                                                                                                                      

Poco a poco me iba acercando a mi lugar de trabajo, cuando una niña de no más de trece años se acercó. No me percaté de su presencia ya que sólo me preocupaba por no chocar con las ajetreadas personas que iban corriendo de acera en acera, sin importarle tropezar con cualquiera. Pero un agudo llanto hizo que girara mi cabeza inmediatamente hacia esta joven.  La frialdad de la oscurecida mañana realzaba  los tonos rojizos de la putrefacta   y  gran  herida que  dicha niña  tenía en el brazo.  Parecía sucia, cansada, con la mirada  perdida entre esos pequeños ojos azules. La ansiedad por preguntarle me reconcomía por dentro:
                                                                                                                                                                        
-¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? ¿Y tus padres?    
                                                                                                                  
-¡Ayúdeme, por favor! ¡Los señores  de  la  bata quieren  atraparme de nuevo!- gritó la pequeña agonizando.   
                                                                                                                                                                 
-¿Quiénes son? ¿Por qué tienes tantos cortes por todo el cuerpo? ¿Qué quieren de tí?    
                                                                                       
-Yo estaba  en  Central  Park  paseando a  mi  perrito  cuando los hombres de la bata me metieron en una furgoneta negra y me llevaron a una sala. Allí  me  amarraron a una cama   y  esta  mañana, cuando  desperté, tenía  todas  estas  heridas y  un montón  de cables y agujas  por  todo  el cuerpo, todo me dolía muchísimo. Pero  me di cuenta de que no había nadie en aquel lugar, así que salí corriendo y he llegado hasta aquí. ¡Por favor, ayúdeme! ¡Quiero estar con mis padres, por favor!- dijo ella entre lágrimas. 
         
Apenas  me dio tiempo  a  coger el teléfono del  maletín cuando  me di cuenta  que la pequeña  estaba tirada  en  el  suelo  vomitando sangre. Era curioso: decenas de personas estaban pasando a centímetros de  ella  como una  hilera  de  hormigas  y  nadie tuvo  la  decencia  de  ni siquiera  pararse. Es  lo que  pasa  en  Nueva York,  la  ciudad  estresada, la ciudad  que  nunca  duerme. Supongo  que toda  esa  gente  hubiera prestado  menos atención  aún a  esa  niña si  hubiera  sabido que  estaba  infectada  por el virus H230,  el virus  creado  artificialmente  por The Fenistix Company,  que  será  conocido  en un futuro como el virus  zombie. Es más, seguro que  hubieran  huido  de  ella, ya que era el primer eslabón de la cadena de semihumanos  H230 que iba a destruir la  especie  humana.                                                                                

Antes de que el virus empezara a extenderse entre la población yo era una persona común, pero la violencia y la muerte invadieron las calles de una forma atroz. Y ahora, aquí estoy yo, en un planeta apocalíptico donde soy el último espécimen humano. Pero el final está cerca. No habrá compasión cuando uno de ellos me encuentre allá donde esté y me mire fijamente a los ojos. Sé que su instinto hará el resto. Ya puedo sentir el olor de la carne viva, la sangre inundando mis ojos agrietados, el hueco lamento que surge desde mi pútrido estómago, el reflujo del coágulo y la bilis que cuelga perpetuo de mi rabiosa dentadura… Mi destino es él, mi destino es el virus H230.

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