Sonó el despertador.
Todo apuntaba a
que iba a
ser otro día
más, otro día consumido
por la rutina
y el estrés
neoyorquino. Me aproximaba a la Séptima Avenida, una
de las calles
que conforman el
corazón de Manhattan.
Muchos taxis, tiendas, restaurantes,
ruido, luces… Mucha gente,
mucha vida. Desde lejos se podía observar el banco donde iba
a pasar las
próximas seis horas dirigiendo
todas y cada unas de las largas y aburridas gestiones; se veía pobremente iluminado
comparado con Times Square en el horizonte.
Teóricamente hacía una mañana soleada según las previsiones, pero la gran masa
de contaminación envolvía el ambiente
en un tono grisáceo propio de
una película de terror.
Poco a poco me iba acercando a mi lugar de trabajo, cuando una niña de no más de trece años se acercó. No me percaté de su presencia ya que sólo me preocupaba por no chocar con las ajetreadas personas que iban corriendo de acera en acera, sin importarle tropezar con cualquiera. Pero un agudo llanto hizo que girara mi cabeza inmediatamente hacia esta joven. La frialdad de la oscurecida mañana realzaba los tonos rojizos de la putrefacta y gran herida que dicha niña tenía en el brazo. Parecía sucia, cansada, con la mirada perdida entre esos pequeños ojos azules. La ansiedad por preguntarle me reconcomía por dentro:
-¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? ¿Y tus padres?
-¡Ayúdeme, por favor! ¡Los señores de la bata quieren atraparme de nuevo!- gritó la pequeña agonizando.
-¿Quiénes son? ¿Por qué tienes tantos cortes por todo el cuerpo? ¿Qué quieren de tí?
-Yo estaba en Central Park paseando a mi perrito cuando los hombres de la bata me metieron en una furgoneta negra y me llevaron a una sala. Allí me amarraron a una cama y esta mañana, cuando desperté, tenía todas estas heridas y un montón de cables y agujas por todo el cuerpo, todo me dolía muchísimo. Pero me di cuenta de que no había nadie en aquel lugar, así que salí corriendo y he llegado hasta aquí. ¡Por favor, ayúdeme! ¡Quiero estar con mis padres, por favor!- dijo ella entre lágrimas.
Poco a poco me iba acercando a mi lugar de trabajo, cuando una niña de no más de trece años se acercó. No me percaté de su presencia ya que sólo me preocupaba por no chocar con las ajetreadas personas que iban corriendo de acera en acera, sin importarle tropezar con cualquiera. Pero un agudo llanto hizo que girara mi cabeza inmediatamente hacia esta joven. La frialdad de la oscurecida mañana realzaba los tonos rojizos de la putrefacta y gran herida que dicha niña tenía en el brazo. Parecía sucia, cansada, con la mirada perdida entre esos pequeños ojos azules. La ansiedad por preguntarle me reconcomía por dentro:
-¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? ¿Y tus padres?
-¡Ayúdeme, por favor! ¡Los señores de la bata quieren atraparme de nuevo!- gritó la pequeña agonizando.
-¿Quiénes son? ¿Por qué tienes tantos cortes por todo el cuerpo? ¿Qué quieren de tí?
-Yo estaba en Central Park paseando a mi perrito cuando los hombres de la bata me metieron en una furgoneta negra y me llevaron a una sala. Allí me amarraron a una cama y esta mañana, cuando desperté, tenía todas estas heridas y un montón de cables y agujas por todo el cuerpo, todo me dolía muchísimo. Pero me di cuenta de que no había nadie en aquel lugar, así que salí corriendo y he llegado hasta aquí. ¡Por favor, ayúdeme! ¡Quiero estar con mis padres, por favor!- dijo ella entre lágrimas.
Apenas me dio
tiempo a
coger el teléfono del maletín
cuando me di cuenta que la pequeña estaba tirada
en el suelo
vomitando sangre. Era curioso: decenas de personas estaban pasando a
centímetros de ella como una hilera de hormigas y
nadie tuvo la decencia de ni
siquiera pararse. Es lo que
pasa en Nueva York,
la ciudad estresada, la ciudad que
nunca duerme. Supongo que toda esa gente
hubiera prestado menos atención aún a esa niña
si hubiera sabido que estaba infectada por el virus H230, el virus creado artificialmente por The Fenistix Company, que será
conocido en un futuro como el virus zombie. Es más, seguro que hubieran huido de ella,
ya que era el primer eslabón de la cadena de semihumanos H230 que iba a destruir la especie
humana.
Antes de que el virus empezara a extenderse entre la población yo era una persona común, pero la violencia y la muerte invadieron las calles de una forma atroz. Y ahora, aquí estoy yo, en un planeta apocalíptico donde soy el último espécimen humano. Pero el final está cerca. No habrá compasión cuando uno de ellos me encuentre allá donde esté y me mire fijamente a los ojos. Sé que su instinto hará el resto. Ya puedo sentir el olor de la carne viva, la sangre inundando mis ojos agrietados, el hueco lamento que surge desde mi pútrido estómago, el reflujo del coágulo y la bilis que cuelga perpetuo de mi rabiosa dentadura… Mi destino es él, mi destino es el virus H230.
Antes de que el virus empezara a extenderse entre la población yo era una persona común, pero la violencia y la muerte invadieron las calles de una forma atroz. Y ahora, aquí estoy yo, en un planeta apocalíptico donde soy el último espécimen humano. Pero el final está cerca. No habrá compasión cuando uno de ellos me encuentre allá donde esté y me mire fijamente a los ojos. Sé que su instinto hará el resto. Ya puedo sentir el olor de la carne viva, la sangre inundando mis ojos agrietados, el hueco lamento que surge desde mi pútrido estómago, el reflujo del coágulo y la bilis que cuelga perpetuo de mi rabiosa dentadura… Mi destino es él, mi destino es el virus H230.
